Voluntarios merideños acompañan a las familias afectadas en Caracas y La Guaira


Desde la arquidiócesis de Mérida, un grupo de voluntarios de las Obras Misionales Pontificias (OMP) emprendió un viaje hacia el estado La Guaira para acompañar a las familias afectadas con ayuda humanitaria, cercanía fraterna y el anuncio esperanzador del Evangelio.

La delegación está integrada por tres misioneras laicas, acompañadas por la Hna. Inés, de la congregación de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía, además de un conductor. A este equipo se sumaron tres voluntarios que, de manera generosa, ofrecieron su tiempo y un camión de carga para trasladar las donaciones recolectadas. En total, ocho personas respondieron al llamado de la misión, poniendo sus dones al servicio de quienes hoy viven las consecuencias de esta tragedia.

Una red de solidaridad que nació en Mérida

La misión comenzó incluso antes del viaje. Desde los primeros días de la emergencia se habilitaron centros de acopio en el Preescolar Padre Dominico Massi y en el Colegio Madre Emilia, ambos en la ciudad de Mérida, donde la comunidad respondió con generosidad donando alimentos no perecederos, medicamentos, ropa y artículos de higiene personal.

El domingo 28 de junio el equipo partió hacia Caracas con toda la ayuda recolectada y, al día siguiente, llegó al Hospital San José de Maiquetía, donde entregó los insumos destinados tanto al centro de salud como al trabajo pastoral desarrollado por la Hna. Adianez Fuenmayor, de la congregación de la Inmaculada Concepción.

Una misión entre hospitales, refugios y zonas afectadas

Actualmente, los voluntarios desarrollan su servicio en dos frentes. Durante las mañanas colaboran en el Hospital San José de Maiquetía, organizando la distribución de medicamentos, alimentos, artículos de higiene personal e incluso alimento para mascotas, procurando que la ayuda llegue de forma ordenada a quienes más la necesitan.

Por las tardes, la misión continúa en las zonas más afectadas y en los refugios temporales, donde el equipo acompaña directamente a las familias damnificadas.

Más allá de la asistencia material, los misioneros destacan que su principal propósito ha sido llevar esperanza en medio del dolor.

«Nos hemos encontrado con una realidad muy dura y con muchas necesidades, pero también con personas que mantienen el corazón abierto. Nuestro deseo ha sido llevar no solo alimentos, sino también una palabra de aliento, cercanía y fe. Ver la sonrisa de un niño en medio de tanta dificultad nos recuerda que la esperanza sigue viva», compartieron los voluntarios.

La misión se vive en comunión

El equipo ha destacado que esta experiencia ha sido posible gracias al trabajo conjunto entre laicos y vida consagrada, reflejando la riqueza de una Iglesia que sirve unida.

Durante toda la misión han contado con el acompañamiento de la Hna. Inés, de las Hermanitas de los Pobres de Maiquetía, y de la Hna. Adianez Fuenmayor, quienes han brindado apoyo espiritual y pastoral en cada una de las jornadas de servicio.

Esta presencia ha fortalecido el espíritu de comunión que anima la labor misionera y ha permitido responder integralmente a las necesidades de las comunidades.

La reconstrucción también necesita de nuestra oración

Los misioneros recuerdan que la emergencia no termina con los primeros días de atención. Las familias que hoy permanecen en refugios continuarán necesitando acompañamiento, ayuda humanitaria y cercanía durante los próximos meses.

Por ello, hacen un llamado a toda la Iglesia venezolana a sostener esta misión desde la oración, a difundir las necesidades reales de las comunidades afectadas y a continuar promoviendo campañas de recolección de alimentos, medicamentos y artículos de primera necesidad.

«La distancia se acorta cuando todos compartimos el mismo corazón misionero. La oración sigue siendo nuestra mayor fuerza, pero también es importante que la solidaridad continúe para acompañar el proceso de recuperación de tantas familias que hoy comienzan una nueva etapa de reconstrucción», expresaron.

Con este gesto de entrega, las Obras Misionales Pontificias reafirman que la misión no se detiene ante la adversidad. Allí donde existe una persona que necesita consuelo, esperanza o una mano amiga, la Iglesia continúa haciendo presente el amor de Cristo mediante el servicio generoso de sus misioneros.