Mi nombre es Omar Rodríguez, tengo 27 años y soy de la parroquia San Pablo Apóstol, en Uracoa, diócesis de Maturín. Mi camino misionero comenzó desde muy pequeño, cuando participé en la catequesis para recibir mi Primera Comunión. Fue allí donde tuve mi primer acercamiento a la misión, gracias al impulso de quienes promovían la Infancia Misionera en mi parroquia. Recuerdo especialmente cómo, a través de actividades y encuentros, fui descubriendo que la Iglesia no se limita a un espacio, sino que es una familia que sale al encuentro de los demás.

Sin embargo, por diversas situaciones familiares, me vi obligado a alejarme durante un tiempo. Aun así, nunca me sentí completamente fuera. Cada vez que escuchaba las campanas del templo, especialmente los domingos, experimentaba un vacío interior difícil de explicar. Era como si Dios me recordara que seguía esperándome. Ese llamado silencioso fue creciendo hasta que, años más tarde, decidí regresar para prepararme a recibir el sacramento de la Confirmación.

Ese retorno marcó un nuevo comienzo. Me integré a la pastoral juvenil, donde encontré un espacio de crecimiento, servicio y comunidad. Poco a poco fui asumiendo responsabilidades, participando en actividades y animaciones que me ayudaron a fortalecer mi fe y mi compromiso. A pesar de las dificultades —como tener que estudiar y trabajar desde muy joven— siempre traté de mantenerme cercano a la vida de la Iglesia.

Con el paso del tiempo, fui conociendo más profundamente la dimensión misionera, especialmente a través de las Obras Misionales Pontificias. Allí entendí que la misión no es solo una actividad puntual, sino un estilo de vida. Durante la pandemia, este proceso se fortaleció gracias a diversos cursos y espacios formativos que me permitieron seguir creciendo, incluso en medio de las limitaciones.

Más adelante, retomé con mayor fuerza mi participación como catequista y servidor en mi parroquia, asumiendo también responsabilidades en la pastoral de medios. Sentía que Dios me pedía algo más, aunque aún no sabía exactamente qué. Esa inquietud encontró respuesta al participar en un campamento juvenil misionero. Fue una experiencia que marcó profundamente mi vida, porque allí comprendí con claridad que el Señor me llamaba a dar un paso más allá.

Responder a ese llamado no fue fácil. Hubo dudas, temores y muchas preguntas, especialmente al pensar en mi familia, en mi trabajo y en todo lo que implicaba dejar mi entorno. Sin embargo, confié en que, si Dios me llamaba, también me daría la fuerza necesaria. Así inicié mi proceso en el programa de relevo misionero, un camino de formación, discernimiento y entrega que me ayudó a prepararme para la misión.

Hoy me encuentro en el Vicariato Apostólico de Caroní, en la comunidad de Kavanayén, en la Gran Sabana. Desde el primer momento, esta experiencia ha sido profundamente transformadora. Aquí he descubierto una Iglesia viva, donde la fe se expresa en la sencillez, en la cercanía y en la vida comunitaria. La acogida de las personas, su alegría y su manera de vivir la fe me han enseñado que Dios se manifiesta en cada gesto cotidiano.

La misión también ha significado un verdadero desafío. He tenido que salir de mi zona de confort, enfrentar un cambio cultural, adaptarme a nuevas formas de vida y aprender a servir desde lo sencillo. Aquí he tenido la oportunidad de celebrar la Palabra, acompañar procesos de catequesis y participar activamente en la vida de la comunidad. Son experiencias que antes no imaginaba vivir, pero que hoy me ayudan a crecer y a confiar más en Dios.

Uno de los aprendizajes más grandes ha sido descubrir el valor del compartir. En estas comunidades, todo se vive en fraternidad: la comida, la oración, la vida misma. He aprendido que no se necesita mucho para ser feliz, y que en la sencillez se encuentra una riqueza profunda. También he experimentado cómo la fe se vive de manera constante, con una comunidad que ora, participa y acompaña.

A pesar de las dificultades, confirmo cada día que vale la pena decir “sí” a la misión. Porque más allá de lo que uno deja, es mucho más lo que recibe. Dios transforma el corazón, ensancha la mirada y enseña a amar de una manera nueva.

Hoy puedo decir con convicción que ser misionero es dejarse enviar, confiar y ponerse al servicio con humildad. Es entender que no se trata de protagonismo, sino de entrega. Es responder con generosidad al llamado de Cristo y caminar con otros, llevando esperanza donde más se necesita.

Por eso, mi vida se resume en una certeza: ser Iglesia es sentirse llamado por Cristo a la misión. Y cuando uno se deja tocar por Él, no puede quedarse quieto. La misión siempre invita a ir más allá.