El gozo de servir al Señor con conciencia limpia
Las palabras dirigidas a los fariseos son fuertes, desafiantes, pero hay que escucharlas con especial atención. Escuchemos nuevamente estas palabras: “Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosan de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, den limosna de lo que hay dentro, y lo tendrán limpio todo” (Lc 11, 39-41). ¿Qué hay que limpiar? ¿El interior o el exterior? Dentro de ustedes están llenos de avaricia y de maldad… El problema no es el exterior, la apariencia, sino nuestro corazón, todo el mal que en él podemos esconder: la avaricia, la maldad y toda clase de malos pensamientos.
En efecto, el Señor nos invita a reflexionar sobre nuestra hipocresía, sobre nuestras apariencias, sobre todo lo que hacemos para quedar bien, mientras nuestro corazón no corresponde a lo que presentamos exteriormente. Nos invita a cuidar nuestro corazón, lo que nos hace profundos en nuestro ser. Como siempre, el Señor nos invita a una conversión radical. Aquí propone que demos todo lo que tenemos como limosna y todo nos quedará limpio. Ya no querremos aferrarnos a más y más, acumular riquezas o quedar bien, a riesgo de ser egocéntricos.
La limpieza interior
El Señor nos invita así a la limpieza, pero no a cualquier limpieza. No se trata de un formalismo legal, de abluciones repetidas, de lavados cuidadosos o incluso de alejarse de los pecadores que parecen rezumar impureza. No se trata de evitar las tumbas y la contaminación casual. La única limpieza es la del interior, explica Jesús: nada de lo que viene de fuera puede contaminar al hombre, porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde surgen los designios perversos (Mc 7, 14-23). Esta es una enseñanza nueva y liberadora que a los discípulos les resulta difícil captar, comprender. Sin duda es más fácil para cada uno de nosotros lavar el exterior que limpiar el interior, nuestros pensamientos íntimos, nuestro corazón y todas las maldades que puede contener, todo el mal que muchas veces deseamos a los demás.
Lo que aquí se pone de relieve es la sencillez de la fe y del amor, la dirección hacia la que deben gravitar los discípulos, es decir, el corazón puro: bienaventurados los limpios de corazón, ellos verán a Dios (Mt 5, 8). Esta pureza es la del centro de la persona, encerrado en la palabra espíritu. Los pobres de corazón son también pobres de espíritu. Es el centro y el todo de la persona. Pensemos en el Salmo 34, 19 donde está escrito: “el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos”.
Estos pobres forman parte de la gran familia de aquellos que han sido sometidos a pruebas materiales y espirituales y sólo pueden contar con la ayuda del Señor. Cada uno de ellos puede decir con seguridad: “yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí” (Sal 40,18). La evangelización de los pobres, con milagros, es el signo dado por Jesús a los enviados por Juan Bautista, para que reconozcan que él es el Mesías esperado (Mt 11, 5). El pobre espera la salvación del Señor y, confiadamente, espera y realiza la voluntad de su Señor. Su alma responde a sus deseos y mandatos. Está seguro de que su clamor y oración llegarán al oído del Señor que lo salvará según su promesa. Ya puede cantar las alabanzas del Señor.
Fue para que fuéramos libres que Cristo nos hizo libres, explica el apóstol Pablo. Por lo tanto, estamos invitados a mantenernos firmes. No dejen que vuelvan a someterlos a yugos de esclavitud (Gal 5, 1), explica el apóstol. Para ver a Dios, para presentarse ante Él, ya no en su templo de Jerusalén, sino en su Reino, la pureza moral en sí misma ya no basta. Requiere la presencia activa del Señor en la vida diaria; requiere amor, la presencia de Dios-Amor; entonces el Hombre será puro de principio a fin. De hecho, Jesús explica a sus apóstoles: “ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (Jn 15, 3). “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios” (Jn 13, 10).
Prescripciones infantiles
Hablando de comida, Pedro llega a una triple conclusión. Ya no hay alimentos impuros (Hechos 10, 15; 11, 9); los mismos incircuncisos ya no están contaminados (Hechos 10, 28); es por la fe que Dios purifica ahora los corazones de los gentiles (Hechos 15, 9). Pablo aclara esta cuestión de la pureza afirmando que para el cristiano “nada es impuro por sí mismo” (Romanos 14, 14). Desaparecido el régimen de la antigua Ley, las observancias de la pureza se convierten en “prescripciones infantiles” de las que Cristo nos ha liberado (Gal 4, 3, 9; Col 2, 16-23). Cristo se entregó por la Iglesia para santificarla purificándola con el baño del agua (Ef 5, 26). No se trata de purificación externa, pues las aguas del bautismo nos liberan de toda mancha asociándonos a Jesucristo resucitado (1 Ped 3,21ss).
En efecto, somos purificados por nuestra esperanza en Dios que, por medio de Cristo, nos ha hecho hijos adoptivos (1 Jn 3, 3). Como cristianos, debemos, de ahora en adelante, purificarnos de toda contaminación del cuerpo y del espíritu para poder completar la obra de nuestra santificación (2 Cor 7, 1). Todo es limpio para los limpios (Tit 1, 5) y ahora lo que cuenta ante Dios es la disposición profunda de un corazón regenerado y renovado (1 Tim 4, 4). El amor que brota de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera (1 Tim 1, 5). ¡Qué gozo es servir al Señor con conciencia limpia! (2 Tim 1:3) Lo opuesto a la impureza es la santidad (1 Tes 4, 7; Rom 6, 19). De hecho, estamos invitados a ir al encuentro de Cristo, muerto y resucitado; es él quien nos purifica y nos libra de todo mal.
¿Cómo podemos evangelizar si nos apartamos de las personas que consideramos impuras, pecadoras y contaminadas? ¿Cómo podemos evangelizar si no acudimos a nuestros contemporáneos, a nuestros hermanos y hermanas humanos, cualesquiera que sean sus convicciones religiosas y grados de santidad? Corresponde a cada uno de nosotros, discípulos-misioneros, dejar brotar de nuestro corazón puro la justicia y la fe, la caridad y la paz, sin olvidar el dinamismo misionero.
El Espíritu nos es dado para progresar por el camino de la santidad, del amor y de la justicia. La Iglesia nos ofrece los sacramentos y otros medios para seguir al Señor Jesús. Vosotros que buscáis la justificación por la Ley, si os habéis separado de Cristo, estáis caídos de la gracia si no confiáis en la misericordia y la ternura de Dios, si no creéis en el Espíritu santificador. Discípulos de Cristo, es por el Espíritu y en la fe que debemos esperar la justicia esperada y crecer en la santidad. Porque en Cristo Jesús lo que vale no es el hecho de estar circuncidado o no, sino la fe que obra por la caridad.
A petición de la Pontificia Unión Misional, han colaborado en la escritura de estas meditaciones:
- Para los domingos: P. Yoland Ouellet, o.m.i., Director Nacional OMP, Canada de habla francesa
- Para los días de la semana:
- 1-14 de octubre: P. Karl Wallner, Director Nacional OMP, Austria
- 15 y 23 de octubre: P. Pierre Diarra
- 16-22 de octubre: P. Jafet Alberto Peytrequín Ugalde, Director Nacional OMP, Costa Rica
- 24-31 de octubre: P. Dennis C. J. Nimene, Director Nacional OMP, Liberia.




