Presencia misionera en una de las zonas más golpeadas por la sequía en Etiopía
En medio de una de las crisis humanitarias más severas que golpean actualmente al Cuerno de África, la Iglesia mantiene viva su presencia misionera en la región de Oromía, acompañando a comunidades marcadas por la sequía, el hambre y el desplazamiento forzado. Desde la Prefectura Apostólica de Robe, los misioneros continúan trabajando junto a la población más vulnerable, llevando formación, asistencia y, sobre todo, cercanía en un contexto de extrema fragilidad social y económica.
En la región de Oromía, la población enfrenta una grave crisis humanitaria, marcada por una sequía prolongada y devastadora, la inseguridad alimentaria, la escasez de agua y la pérdida masiva de cultivos y ganado. Esta dramática situación ha provocado el desplazamiento forzado de numerosas familias, obligadas a abandonar sus hogares en busca de condiciones mínimas de supervivencia.
«Nos encontramos en Bale Oriental, en Laga Hidha, donde estamos ofreciendo formación para prevenir la mutilación genital femenina y los matrimonios precoces», explican los misioneros que prestan servicio en la Prefectura Apostólica de Robe. En medio de precariedades, obstáculos y múltiples dificultades, desarrollan desde hace años proyectos pastorales y sociales en favor de la población local, una de las más empobrecidas del país y de mayoría musulmana.
«Desde hace más de tres años, siguiendo las orientaciones del prefecto apostólico, el padre Angelo Antolini, OFM Cap., trabajamos en esta zona, ubicada a unas tres horas de Robe, capital del Bale occidental, con el objetivo de sensibilizar a la comunidad frente a prácticas tradicionales que dañan gravemente la dignidad y la salud de las mujeres», explica el padre Emanuele Ciccia.
El misionero comparte también una experiencia reciente que refleja la magnitud de la crisis: «En una extensa franja de tierra árida vimos a decenas de mujeres levantando chozas con ramas y lonas de plástico. Son desplazadas de zonas duramente golpeadas por la sequía y el hambre. Cuando les preguntamos por qué habían venido, respondieron: “Aquí al menos somos visibles. Hemos venido a decirle al gobierno que nos estamos muriendo. ¡No tenemos agua!”». Al día siguiente, el asentamiento había crecido considerablemente: ya eran más de 150 mujeres y niños.
«Solo pudimos ofrecer algunos sacos de arroz. Después jugamos con los niños. Durante unos minutos, la gente sonrió… incluso los adultos se dejaron contagiar por la alegría sencilla del juego», relata el padre Emanuele, evidenciando cómo los pequeños gestos de cercanía pueden convertirse en signos de esperanza en medio de la adversidad.
«La crisis en Bale Oriental continúa», concluye el misionero. «Para nosotros representa una nueva llamada a la proximidad y al compromiso. Será un desafío particular hacernos presentes y trabajar en una ciudad donde no existe una iglesia católica de referencia al llegar». Por ello, el padre Emanuele invita a acompañar este nuevo camino misionero con la oración y la solidaridad, para que la presencia de la Iglesia siga siendo signo concreto de esperanza en medio del sufrimiento.
Fuente: Agencia Fides.




