La vida, don de Dios
Estamos en la Semana Misionera, y las enseñanzas de Jesús continúan iluminando nuestro ser y hacer como discípulos misioneros. Los textos de hoy invitan desde la primera lectura a abandonar “los criterios de este mundo” que se mueven por “los instintos, deseos y pensamientos de nuestro desorden y egoísmo”; y nos invitan a acoger a Cristo y “la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros”. El episodio del Evangelio es una excelente oportunidad para que Jesús nos redirija acorde a los criterios que emanan de la misericordia y el amor manifestados por Dios en Cristo.
Una persona en la calle aborda a Jesús para pedirle que haga de mediador en un conflicto familiar. Se trata del hermano menor que está haciendo reclamación de legítimo derecho de la herencia a su hermano mayor quien parece haberla acaparado (12,13).
Jesús se niega a intervenir en el litigio (12,14). Con sus palabras da a entender que no se le ha dado un poder judicial para arbitrar el asunto, pero sobre todo tiene otro argumento que ya había aparecido en el debate con los fariseos: “Eviten toda clase de avaricia” (12,15: ver 11,39) La avaricia es un indicador de vivir con “los criterios de este mundo”. Además, como dice san Pablo: “La avaricia es la raíz de todos los males” (1Tim 6, 10).
La avaricia, el amor al dinero, se expresa como un deseo a veces compulsivo, de llenarse de cosas, vivir en la “abundancia de bienes” (12,15b). Aquí entra el tema de la “vida”. ¿Qué es lo que “asegura” la vida?, es decir, ¿Qué es lo que le da contenido, alegría, plenitud? ¿Qué la sostiene aquí y qué la garantiza al final de la muerte biológica?
El rico insensato de la parábola es un hombre que desea ardientemente “vivir”, pero que en realidad camina en la dirección contraria a sus mismos propósitos: va hacia la ruina.
El rico cree estar haciendo un ejercicio inteligente cuando reflexiona sobre lo que hará para conservar su cosecha y tener la vida asegurada para el futuro: derribará, construirá, guardará allí todo lo que tiene, y se dará una buena vida, con la seguridad de que cuenta con buenas reservas. Se trata de todo un ejercicio de planificación de una empresa sostenible. Pero el que se creía inteligente en el manejo de sus recursos, terminó haciendo algo insensato; olvidó que su vida era un don, y que la “buena vida” es un don que viene de Dios y no de los bienes acumulados.
Los criterios de Dios son otros:
- Los bienes no son para uno solo sino para compartirlos. Hay que vencer la “avaricia”.
- Los bienes materiales no “aseguran” la vida, solo Dios es el único que la puede dar y conservar.
- La vida terrena es limitada y finita, por eso Dios “con Cristo y en Cristo nos ha resucitado, y con él nos ha reservado un sitio en el cielo”. La planificación más inteligente que podemos hacer es la de nuestro futuro en la eternidad de Dios.
El buen discípulo es el que “se hace rico de lo que vale ante Dios” (12,21), reconociendo los bienes materiales como necesarios pero relativos con relación al destino final de la vida. Todo es don de Dios. Por lo tanto, nos hacemos ricos en el “dar”, incluso “dar desde nuestra pobreza” y en “hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”. Esto hace nuestro corazón semejante al de Dios, con quien deseamos vivir en comunión eterna.
A petición de la Pontificia Unión Misional, han colaborado en la escritura de estas meditaciones:
- Para los domingos: P. Yoland Ouellet, o.m.i., Director Nacional OMP, Canada de habla francesa
- Para los días de la semana:
- 1-14 de octubre: P. Karl Wallner, Director Nacional OMP, Austria
- 15 y 23 de octubre: P. Pierre Diarra
- 16-22 de octubre: P. Jafet Alberto Peytrequín Ugalde, Director Nacional OMP, Costa Rica
- 24-31 de octubre: P. Dennis C. J. Nimene, Director Nacional OMP, Liberia.




