Fulton J. Sheen, una voz misionera en el Concilio Vaticano II


El obispo estadounidense Fulton J. Sheen fue una de las voces que contribuyeron a enriquecer la reflexión misionera del Concilio Vaticano II. Vinculado durante años a la Pontificia Obra de la Propagación de la Fe, participó en la Comisión para las Misiones y tomó parte activa en los debates que condujeron al decreto Ad gentes.

Sheen ya había desarrollado una profunda sensibilidad misionera a través de sus viajes de predicación por América Latina y África. Estas experiencias le llevaron a mirar la realidad de la pobreza no solo como un problema, sino desde el rostro concreto de los pobres. «Empecé a pensar menos en el problema de la pobreza y más en los pobres», escribió posteriormente.

«¿Dónde están las misiones?»

Su intervención más significativa tuvo lugar el 9 de noviembre de 1964, durante el debate sobre el esquema misionero que daría origen a Ad gentes. Frente a la pregunta sobre qué eran las misiones, Sheen propuso otra: «¿Dónde están las misiones?».

Con ello quiso ampliar la comprensión de la responsabilidad misionera de la Iglesia. Las misiones, señaló, no estaban únicamente en territorios considerados «no cristianos», sino también en diócesis pobres, extensas y con escasez de sacerdotes, que necesitaban apoyo para su vida pastoral.

Sheen defendió además que no podía hablarse de Iglesias «antiguas» y «nuevas» como realidades separadas: «En el Cuerpo de Cristo no hay “Iglesias nuevas” ni “Iglesias antiguas”, porque todos somos células vivas de ese Cuerpo, dependientes unas de otras». Desde esta visión, promovió una mayor coordinación de la cooperación misionera y el papel de la Propagación de la Fe.

Una Iglesia al servicio de la misión

El decreto Ad gentes, aprobado en 1965, recogió varias de estas preocupaciones: la responsabilidad de la Iglesia hacia los pobres, la cooperación misionera y la dimensión universal del ministerio episcopal. Para Sheen, la misión exigía una Iglesia capaz de salir al encuentro de las realidades humanas sin perder su identidad y de reconocer las «semillas del Verbo» presentes en las culturas.

Su aportación al Concilio recuerda, seis décadas después, que la misión no es tarea de unos pocos, sino una responsabilidad compartida por toda la Iglesia, sostenida por la oración, la cooperación y el compromiso con las Iglesias que necesitan acompañamiento.

Fuente: Agencia Fides.