Cristian Álvarez

Vivir la minoridad como mensaje de la paz

 

A propósito de los 800 años del Tránsito de san Francisco de Asís

y la celebración de este año jubilar extraordinario

 

Cristian Álvarez

 

En la celebración del octavo centenario del tránsito de san Francisco de Asís que motiva la extraordinaria gracia de este año jubilar, y con el iluminado acierto inspirado por el Espíritu Santo desde su primer discurso luego de ser escogido como guía de la Iglesia Católica, el Papa León XIV retoma el anuncio de Cristo resucitado como el permanente mensaje pascual que es ya una propuesta de construcción de la paz para todos: «una paz desarmada y desarmante». La hermosa fórmula reúne en dos adjetivos enlazados y sucesivos –originales participios pasado y presente que apuntan al futuro– las condiciones para alcanzar este compartido anhelo y asimismo el resultado que sugiere una acción que se multiplica y propaga: desarmada, como un valiente y convencido estado que se afirma en escogido camino y necesaria verdad; y también desarmante, como humilde presencia de vida que es en sí misma argumento o imagen irrefutable, cuya manifestación en el intercambio y el diálogo propicia una genuina metanoia. Desear, buscar y recibir la paz, la interior y la que hace posible el convivir auténtico, sin duda conforman una aspiración legítima en la que acaso todos coincidimos en la íntima condición humana, pero que divergimos en su traducción según los intereses individuales cuando los egos tratan de sobresalir y prevalecer. Pero si es anhelo compartido, al mismo tiempo puede verse como integrante de la propia vocación humana tras la plenitud y reconciliación interior, y por ello revisar su definición revela igualmente senderos y tal vez algunos indicios para recorrerlos. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su numeral 1877, explica con precisión esta convicción sobre la vocación humana hacia la añorada plenitud y que es preludio de aquella paz que en nuestra perspectiva funde todos los sentidos:

 

«La vocación de la humanidad es manifestar la imagen de Dios y ser transformada a imagen del Hijo Único del Padre. Esta vocación reviste una forma personal, puesto que cada uno es llamado a entrar en la bienaventuranza divina; pero concierne también al conjunto de la comunidad humana».

 

Gracias a la Encarnación del Hijo, al Dios-con-nosotros que se ha hecho hombre, Jesucristo es el modelo de lo humano y «nuestra paz» (Efesios 2, 14). En la inconmensurable dádiva de amor, en su despojamiento total de su condición divina (Filipenses 2, 7), Jesús se presenta como camino, verdad y vida (Juan 14, 6) que traza los contornos de la forma de la vocación humana que se orienta a lo divino. Y el hecho histórico del Verbo encarnado resulta el elemento decisivo: la amorosa kénosis que tanto fascinara a san Francisco de Asís y cuyo seguimiento tomó como norma de su vida. Para il Poverello, la Buena Noticia que trae el Verbo Encarnado revela cómo recuperar el verdadero sentido de la vocación humana que se ha perdido por las cuatro rupturas o fracturas que han escindido al hombre y extraviado su rumbo después de la Caída: la ruptura con Dios, la ruptura consigo mismo, la ruptura con su prójimo y la ruptura con la Creación. El soldar estas fracturas, el reparar y recuperar la posible armonía que reconcilie los fragmentos aun con cicatrices, ¿no es precisamente lo que buscamos para construir la paz en aquellas instancias esenciales de la vida? Para alcanzar esa paz verdadera, para que pueda emitir su fulgor, Francisco ve, y así lo practica de modo manifiesto, seguir en su existencia una lógica que es congruente con la kénosis de Jesús, así como con el recorrido y las consecuencias que ella implica. ¿Qué significa ese voluntario «vaciamiento» del yo en el diario vivir humano según el santo de Asís? Ciertamente las vinculaciones con las bienaventuranzas se descubren en esta opción de la ruta hacia la reconciliación y la paz (Mateo 5, 3-12): renunciar a las desmedidas demandas del ego para solo adorar al Padre y consecuentemente amar a los hermanos que descubrimos con el Creador; escoger la desposesión, no solo de lo material sino de aquello intangible valorado como tesoro que ocupa en demasía el corazón egocéntrico, cegado por la libido dominandi y la libido possidendi, y a su vez colmado de satisfacción o de resentimiento; practicar siempre el servicio, la evidente y concreta forma del amar. Sin duda, estas acciones están muy lejos de los valores cimeros que guían al mundo, por lo que a primera vista pueden provocar extrañeza, incomprensión y aun rechazo. ¿Ello no resulta paradójico? ¿Cómo pensar que, en el contexto de las tensiones de nuestro mundo, la vocación humana tras la plenitud se halla a partir de lo que naturalmente asociamos con una renuncia de lo que pertenece al yo humano: la desposesión, el servir, el libre y sincero donarse? Estas son precisamente las bases del amor y sintetizan con claridad la inspiradora aventura de san Francisco de Asís.

 

Con su sencilla genialidad, como me gusta calificar la propuesta de su vivir el Evangelio, il Poverello comprendió que en una específica palabra puede compendiarse la actitud y la forma de vida que implica el desposeerse, la entrega y el servicio amoroso que en nuestra escala humana resulta afín a la kénosis: la minoridad; justamente ella afina la mirada e ilumina el sendero de la fe y su respuesta de amor (cfr. Mateo 20, 25-28). Independientemente del lugar, posición, jerarquía, profesión u oficio que toque ocupar, pues de lo que se trata es de llegar a servir, en el contexto humano de la comunidad cercana, en el social y aun en el encuentro con aquel que es diferente y acaso lejano en la cultura, para Francisco ser menor invita a mirar al Otro de modo horizontal y tendiente a la equidad, como en una simpatía en la que se busca querer sinceramente conocerlo y compartir la misma casa que aspira a ser hogar. En lo que implica la desposesión de una inicial superioridad de la limitada visión particular, el corazón se abre cortésmente para respetar y hospedar la existencia de ese Otro que se descubre al fin como creatura del Padre, un conocimiento vivo que a la vez enriquece un mundo que rompe sus límites; una renuncia que encamina a la atención que se traduce en un servir, una expresión de amor que se concreta en el bien. Ser menor en este sentido no es negar la autoestima –¿cómo no tenerla si sabemos con certeza que somos hijos de Dios Padre y que siempre nos ama de manera incondicional?–, sino elegir con conciencia la objetividad –humildad es su equivalente, y que en el dicho teresiano se expresa como «andar en la Verdad»– que su vez acoge lo subjetivo, entraña la empatía que desea vehementemente construir la convivencia y el habitar como comunidad; el mismo verbo habitar que como palabra Heidegger, explorando las etimologías de la lengua alemana, asocia su significado con el cuidar al hombre y llevarlo a su esencia, a lo libre, a la paz.

 

En su carta del 10 de enero de 2026 dirigida a la familia franciscana para abrir el año jubilar, Su Santidad nos invita a mirar a san Francisco de Asís como el ejemplo del hombre finalmente pacífico y reconciliado. Que la ardiente caridad del Poverello, su siempre atractiva serenidad y la verdadera alegría en su minoridad escogida sean estimulante motivo de reflexión para la auténtica conversión que intente incesantemente la paz que sane las heridas de la cuádruple ruptura humana.

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