Vietnam alcanza mínimo histórico de casos de lepra gracias al acompañamiento misionero
En 2025 se han registrado 38 casos de lepra en Vietnam, la cifra anual más baja jamás documentada en el país. Este avance sanitario se produce en un contexto en el que numerosas religiosas misioneras continúan desempeñando una silenciosa pero decisiva labor de atención y acompañamiento a quienes aún padecen las consecuencias de esta enfermedad. En distintos leprosarios del país, las hermanas cuidan a enfermos, ancianos y niños afectados por la lepra, ofreciendo no solo asistencia médica y material, sino también cercanía humana y esperanza a quienes han vivido durante años el rechazo y la marginación.
El número de contagios ha disminuido drásticamente en los últimos años. Entre 2012 y 2016 se detectaron más de mil casos a nivel nacional, mientras que en los últimos cinco años solo se han registrado algunas decenas cada año. Actualmente, todas las provincias y ciudades han sido reconocidas como zonas libres de lepra, con únicamente casos esporádicos.
Según expertos sanitarios vietnamitas, esta significativa reducción se debe a la eficacia de los protocolos de tratamiento y a la oportuna gestión de los casos dentro de las comunidades. No obstante, todavía hay alrededor de 6.000 pacientes en todo el país que padecen las consecuencias de la enfermedad. En su mayoría son personas que contrajeron lepra en el pasado y que, aunque ya se han curado de la infección bacteriana, continúan sufriendo graves secuelas físicas.
Muchos de estos pacientes son atendidos por religiosas católicas de congregaciones como las Amantes de la Cruz o las Franciscanas Misioneras, que prestan servicio en más de diez estructuras repartidas por el país conocidas como “colonias de leprosos”. Las hermanas no solo cuidan a los enfermos, sino también a ancianos y a niños huérfanos afectados por la enfermedad.
La mayoría de los leprosarios en Vietnam fueron fundados entre comienzos del siglo XX —como el de Quy Hoa, en la ciudad de Qui Nhon, en el Vietnam central, establecido en 1929— y las décadas de 1960 y 1970 —como el de Bien Hoa, en el sur del país, creado en 1968—. Estos centros se ubicaron en zonas remotas y aisladas debido al temor de que la enfermedad se propagara entre la población. Por esta razón, muchos de estos lugares aún carecen de servicios básicos y presentan condiciones de vida precarias, tanto en el ámbito material como en el psicológico.
La lepra no solo provoca sufrimiento físico, sino que también deja profundas heridas emocionales. Además del malestar causado por las deformidades que puede provocar la enfermedad, muchos pacientes han sido marginados y rechazados socialmente. Algunos ancianos que contrajeron la enfermedad cuando eran jóvenes han vivido en los leprosarios durante 50 o 60 años, sin un hogar al cual regresar.
La señora Lo Thi Coc fue curada de la lepra, pero aún sufre problemas de visión y fuertes dolores en las piernas debido a las deformidades, especialmente cuando cambia el clima. No olvida las dolorosas experiencias de miedo y discriminación que vivió en el pasado.
“En aquella época mi familia y yo lo pasábamos realmente mal. Éramos muy pobres y nadie quería acercarse a nosotros por miedo al contagio. Incluso pensé en huir al bosque para vivir allí el resto de mi vida, pero gracias al apoyo incondicional y a la compañía de mi hijo cambié de idea”, relata.
Conscientes del profundo sufrimiento que enfrentan estos pacientes, las religiosas han dedicado su vida a acompañarlos en los leprosarios, ayudando a muchos a recuperar la esperanza y la alegría de vivir.
“Aquí no tengo familia, pero las hermanas católicas y varias organizaciones me ayudan, así que la vida es un poco más fácil”, cuenta Joseph That, de 78 años, paciente del leprosario de Ben San, en la aldea de Long Binh, provincia de Binh Duong, en el sur de Vietnam.
Un paciente del leprosario de Quy Hoa, gestionado por las Franciscanas Misioneras en Qui Nhon, afirma: “Las hermanas luchan por nuestros derechos, por eso todos las respetamos y las consideramos parte de nuestra familia”. Otro residente del poblado de leprosos, que vive allí desde 1960, cuenta que decidió convertirse al catolicismo porque las religiosas lo cuidaron como si fuera su propio hijo. Inspirado por ese testimonio, hoy permanece en el leprosario ayudando a cortar el cabello a los ancianos, visitarlos y consolarlos.
Numerosos ejemplos de este servicio silencioso han sido reconocidos por la comunidad y elogiados incluso por la prensa estatal. Entre ellos destaca el de Anna Nguyen Thi Xuan, nacida en 1957, quien desde hace casi 40 años cuida a los pacientes del poblado de leprosos de Qua Cam, en la diócesis de Bac Ninh, en el norte del país. Por su dedicación recibió la Medalla al Trabajo de Tercera Clase otorgada por el presidente de Vietnam y fue incluida entre las 50 personas reconocidas por el Primer Ministro por sus aportes al bienestar social.
Las comunidades católicas de todo el país organizan con frecuencia visitas y campañas de recolección de donativos destinadas a apoyar a los leprosarios, como signo de cercanía y comunión con quienes padecen esta enfermedad.
Más recientemente, durante el Año Nuevo lunar celebrado el 5 de febrero, la diócesis de Thai Binh organizó un encuentro y una celebración con los enfermos de lepra en la capilla de Dong Tho, perteneciente a la parroquia de Thai Sa. En esa ocasión, el obispo Dominic Dang Van Cau invitó a los fieles a acoger, amar y acompañar a quienes sufren esta enfermedad.
“Este es un acto de misericordia y también una manera concreta de vivir el misterio de la comunión en la Iglesia”, afirmó el obispo, al recordar que la diócesis está construyendo una nueva casa para los enfermos de lepra. El proyecto busca ofrecerles un espacio de vida estable, seguro y acogedor, y convertirse en un refugio permanente para quienes más lo necesitan.
Fuente: Agencia Fides.




