Mi nombre es Carlos Bobillo, soy de Madrid y estoy pasando unos meses de misión en Canaima, en plena Amazonía venezolana. Desde OMP Venezuela me han animado a compartir mi testimonio; vamos a intentarlo. Empezaré por el principio. La verdad es que la historia de cómo he acabado aquí es curiosa.
Desde hace varios años pertenezco al grupo Hakuna, donde hago mi vida de fe. En Hakuna, y especialmente en el Estudio, nuestra casa de Madrid, donde llevo viviendo unos años, tenemos una profunda vocación misionera. Con ese espíritu de “Iglesia en salida”, es habitual que andemos recorriendo el mundo, visitando distintos países a lo largo del año para simplemente compartir nuestra fe y nuestra vida.
Así es como acabé por primera vez en Venezuela, en el año 2023, cuando vinimos un pequeño grupo con Don José Pedro Manglano -fundador de Hakuna- para visitar a varios de los grupos de Hakuna que estaban empezando en el país.
En el año 2024 repetimos, y esta segunda vez pude conocer Canaima, que me marcó desde el primer momento, y también al Padre Xavier Serra, misionero español que lleva más de 20 años acompañando a las comunidades indígenas pemonas. Rápidamente nos hicimos amigos, pues, por mi parte, también soy misionero -laico- en Burundi, África, donde llevo más de 15 años trabajando llevando a cabo todo tipo de proyectos.
Y así es como decidí venirme unos meses para acompañar al Padre Xavier y aprender de él y de la cultura pemón; así como para ayudar a organizar el concierto de Hakuna Group Music que haremos en el Fórum de Valencia el día 13 de diciembre.
Al llegar a Venezuela, seguía sin entender muy bien cuál sería mi misión aquí, pero justo me crucé con el siguiente versículo de Isaías que me ayudó a darle un sentido a todo: “Así como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes”.
Agradezco a todas aquellas personas, tanto en España como en Venezuela, que han hecho posible que pueda estar viviendo el inmenso regalo de esta misión.
En estos meses, Dios se me ha revelado de forma muy explícita en la belleza de su creación de estos paisajes de película, y también especialmente en las comunidades indígenas pemonas, de las que tanto he podido aprender.
Por eso, también quería agradecer especialmente a ese pueblo pemón que me ha acogido con tanta sencillez, cariño y humildad a cambio de nada, simplemente para compartir lo que Dios hace en nuestra vida, con nuestras virtudes y pobrezas.
Y eso es lo que me llevo de esta experiencia, esa sed por cuidar más de nuestra casa común y de todas las personas sin esperar nada a cambio más que el encuentro con Cristo. Puede parecer sencillo, pero para mí ha sido un gran aprendizaje, y no ha sido fácil pues, como el Padre Xavier, para ello he tenido que aprender a despojarme de mi mochila, a “descalzarme” como decimos en Hakuna, de mis ideas, de mis estructuras mentales, de mi “yo” en el centro; y en último término, a simplemente “descalzarme, porque el lugar que pisamos es terreno sagrado” y solo puede estar lleno de Dios y no de mí.
Solo así he podido dejar a un lado mi tendencia a la eficiencia, a medir las actividades que hago o dejo de hacer y los frutos que tienen siguiendo los criterios del mundo, para reaprender a poner lo más importante en el centro: el sincero don de uno mismo, la entrega de la vida, sin esperar nada a cambio y sin importar lo que piense el mundo, únicamente por amor al Padre y al prójimo.
Solo ahora empiezo a comprender que ha sido en este rincón del Amazonas donde, tras tomar perspectiva, me he dado cuenta de que mi visión de la misión era demasiado autorreferencial. Y así, después de todos estos años de trabajo en Burundi, cuando pensaba que ya lo sabía todo, el Señor me ha regalado aquí en Canaima, donde menos me lo esperaba, una mirada distinta para redescubrir la belleza de la vocación misionera allí donde Él me llame.




